HIja de Perrra muerde de vuelta.
Ahí estaba La Chaparra, con el sweter de que blanco no le quedaba nada, el pelo enmarañado y comiendo un elote que había pepenado del camión de la basura. Mismo que terminó por tirarle un diente más. Ahi estaban con ella el chicles, el cerillo, el gato y el Rina quien le debia el apodo a una telenovela de Ofelia Medina, en donde su personaje compartía con el excuincle una monumental joroba, todos comían su respectivo elote, los menos afortunados como El Chicles solo podían chupar el hueso cuando llegaron Los D'enfrente. Otros niños de la calle, chamagosos al fin y al cabo, en la Tatemada sólo podían reconocer a los dos bandos por la diferencia de edad. Los XX, o sea a los que Hija de Perra llamaba los de'nfrente eran màs grandes, màs gandallas, y famosos por robar bolsas de mercado. A dicho grupo lo regenteaba un niño de ocho años que en apartaba diez, godinflón y prepotente y que se le conocía con el mote de El Garnacha. Tenían hambre y los niños perdidos, en ese momento tenían algo que ellos no: sobras de comida. Pero los màs chamacos, por su parte, tenían algo que ellos jamás tendrían: a Hija de Perra. En un primer repaso, la banda de el Garnacha no se preocupaban por la Chaparra, la chamagosa niña que se les había pegado, y aprovechando que su mero mero valedor el Paco's seguro andaba de limpiaparabrisas decidieron atacar. Sin aviso, La Garnacha le dió un zape a Hija de Perra, quien del golpe dejó caer su elote, se fue directo contra el cerillo y así, cada uno de los XX tenía a un chamagoso en el piso. Nunca creyeron que debajo de la chaparra, tan inocente y desprotegida en apariencia, se esondía una verdadera fiera, que podía ser muy solidaria y cooperativa, y hasta cierto punto dejada, ella tenía sus límites, y jamás dejaría que el Garnacha o cualquiera la ofendiera internamente, para una niña de cinco años, todo su mundo y futuro era un insiginificante hueso de elote, mismo que ahora estaba en manos del Garnacha y apunto de llevarse a la boca. Con toda su fuerza lanzó un puñetazo que primero tocó el hueso robado el cual provocó el desprendimiento de todos sus dientes. Las pequeñas peleaspararon, sincronizados todos los XX rodearon a la Chaparra. Ella no dudó y se lanzó contra el gordinflón, con femeninos pellizcos, jalones de pelos, razguños y cachetadas, èrp también masculitos puñetasos, cabezasos y patadas a lo testículos. El Garnacho no podía defenderse y sólo intentaba salir de la carcel madreatoria de la niña. Cuanod lo hizó, él y toda su banda estaban soprendidos, y en un tono que variaba entre el miedo y el sollozo le gritó a la niña aun en cuatro patas y emitiendo el sonido que desde bebé fue el único que pudo mostrar: rugidos, que mezclados con esa rabia, se conbirtieron en ladridos. Hija d perra ladraba, y ladraba.
El Garnacha, antes de largarse y limpiando la sangre que escurria de la boca, y aterrado solo le gritó.
- ¡Tu! ¡Tu eres una hija de perra!
Y apartir de ese día y con todos los mirones que se juntaron a ver la madriza del Garnacha, el barrio conoció y temió a Hija de Perra.
El Garnacha y su banda pensarían dos veces antes de atacarla, pero aún habían más personajes en ese barrio que no sabían nada de la fuerza interior de esa niña, pero en cuanto se cruzaran en su camino lo iba a descubrirm como hija de perra muerde de vuelta. Y muerde más fuerte.




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